viernes, 29 de julio de 2016

2 . 0 1 2, A b r i l

E x e q u i e l.

Apenas tenía quince años, estaba comenzando la etapa hormonal adolescente. Veía como la mayoría de mis amigos se comportaban de forma diferente: cambio de cuerpo (nuevo busto, nueva cola), cambio de voz (un poco más aguda o gruesa), aparición de vellos (los tan molestos para nosotras, los tan ansiados para ellos), nuevas hormonas (prenatales o de crecimiento), nuevos pensamientos.

Adiós a querer juntarnos a comer, hola a querer juntarnos a tomar (aunque con una sola cerveza ya me sentía mal, no sé tolerar el alcohol).

Adiós a las salidas al cine o juntadas en alguna casa (el cine era mi paraíso), hola a las salidas a fiestas o antros/clubs/boliches (increíble que con tan sólo quince años me permitieran entrar gratis sin pedir mi identificación, que gran sociedad en la que vivimos).

Adiós a los pensamientos infantiles (me quiere o no me quiere), hola a los pensamientos "adolescentes" (¿me veo bien?, ¿querrá algo conmigo?, ¿aunque sea algo de una noche).

Lo que me lleva al final,

Adiós a las aventuras de siempre (bromas entre los amigos, escapadas a lo de los abuelos), hola a las aventuras excitantes (sexo, drogas, alcohol).

En el comienzo de esta etapa me aventuré por primera vez a lo que conocemos (en la sociedad de hoy) como adolescencia:

Solo habían pasado siete meses desde mi cumpleaños, fue el primer año en el que comencé la vida adolescente. Me invitaban a fiestas, tomaba con mis amigos, hablaba con chicos. La "típica" vida adolescente. Hasta que lo conocí a él.

Fue a través de una red social muy común, me la había creado una amiga y no me acuerdo cómo termino él entre mis contactos. No agregaba a nadie que no conociera, mi madre me ha enseñado muy bien los peligros de internet.

Empezamos hablando de lo común: ella de la escuela, él del trabajo. Ella de sus amigas, él emocionado por sus amistades. Ella de sus salidas, él interesado por los lugares. Pero nunca hablamos de nuestras vidas en sí. Sólo sabía su nombre, su edad, su ocupación y sus gustos.

Exequiel, de veintiún años de edad, militar del batallón de la ciudad. ¿Qué hacía alguien como él, todo un hombre ya, hablando con una joven como yo? Para mí, era como una puerta hacía lo que andaba buscando: el amor. Típico, la idiota de mí pensando en el amor con un hombre seis años más grande. ¿Tan ciega era?

Pasaron tres meses, nunca le conté a mi familia, me matarían si se enteraban. Pero era el momento que esperaba, el momento de conocernos.

Fue a la vuelta de mi casa, un miércoles. Volvimos con mis amigas de la escuela, queríamos tomar algo y, y quería verlo aunque sea una vez. Me ofrecí para ir a comprar y, a escondidas vernos. Él me esperaría en la esquina de la tienda, había sido que vivía cerca. Que suerte para mí.

Nos vimos ese miércoles a las cinco de la tarde por primera vez, solo hablamos unos minutos, y como despedida, nos abrazamos. Es que, ¿qué iba a hacer yo? Nunca había hablado con un chico de forma romántica, nunca había (hasta ese momento) un chico interesado en mí, nunca me había sentido así.

Pero para poder vernos otra vez tuvimos que esperar la oportunidad. La fiesta de los fines de semanas. Y ahí abrí mis ojos.

Mis amigas no sabían nada, fuimos a la fiesta como cualquier otra. Estábamos divirtiéndonos hasta que me llegó ese mensaje: Estoy afuera.

Salí de lo más feliz, les dije que me esperaran adentro, que sólo iba al baño. Y ahí lo vi. Estaba a mitad de calle sobre su moto, buscándome, esperándome. Lo sé, el típico cliché.

Fuimos a su casa, íbamos a ver una película y tomar helado, y yo como una joven entusiasmada, le creí.

Llegamos a su habitación, vivía junto con algunos compañeros, por lo que teníamos que ir allí para tener privacidad. Hablamos un rato y veíamos la película hasta que el momento llegó. El momento de mi primer beso.

Sin embargo, no fue como lo planeé. No fue el beso tierno y delicado que anhelaba, fue el beso rudo y apasionado que él necesitaba. Fue un beso que me dió a entender porqué él me buscaba. Fue el beso el que me ayudó a caer en la realidad.

Mientras esto ocurría en mi mente, él aprovechó la oportunidad y me vi en la situación que no quería. Estaba a solo unos minutos de tener relaciones con él, de no ser que pude decir la palabra de salvación: NO.

Y aquí quiero aclarar algo, no me violó, no abusó de mí, pero yo me sentí así. Era la primera vez que confiaba en un hombre, pero no me tomé el tiempo en averiguar quién era él.

Así fue primer acercamiento al amor, así fue mi primer beso.

Y hoy, ese significó el primer paso a lo que ocurriría cuatro años después...

A.